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Aterrizando II

enero 26, 2011

El paracaídas me esperaba en la puerta de la casa.

Un cerebro líquido es pesado cuando se tiene poco tiempo para traducir las imágenes del viaje, todo se acumula en los espacio presinápticos (no tiene sentido)

Recorrer carreteras largas y rectas equivale a un viaje en el tiempo, de mi cerebro y del exterior, todos los sentidos recibiendo información y a lado y lado del camino, los cañaguates florecidos.

Mi silencio, el mejor de mis cuadernos, siempre en mis labios y los ojos llenos de arena no se cansan de recibir.  Cada día una emoción diferente y un temor de mi misma, de lo que no he aprendido a sacar de mi.  Todos los días una herida nueva y un árbol menos que contar.

A veces la brisa, casi todo el tiempo el calor, muchas veces la música que acompaña y las noches llenas de estrellas y de árboles macabros, donde se posa mi imaginación y caen las ramas.

El sol marchándose con sus nubes coloreadas, las nubes alargándose, las calles sin pavimento y el río tragándose mi alma.  Recuerdos en formación, recuerdos en los recuerdos, grandes campanos florecidos y ganado compactando el suelo.

Las hormigas caen en vasos con alcohol jabonoso, las mariposas atrapadas en redes cilíndricas, corto una ramita florecida y lastimo mi meñique con las tijeras.  Aquí no hay tiempo para pensar, es sólo sentir y llenarse de lágrimas los ojos para refrescarlos…

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