Todo es por la música
Sólo escuchaba caer a las gotas que estaban en las hojas de los árboles, podía verlas si quería pero había decidido tapar mi cara con la sábana para que la gata dejara de morderme la nariz. La nube que había atrapado la luz del sol ya estaba pasando, sentía esa luz entrando por la ventana, no quería hacer nada, sólo escuchar, ahora eran canciones que iban pasando por ahí, llevando tantas imágenes que mi realidad es sólo la picazón en los párpados y la hormiga que camina entre mis dedos. Porque son de aire es que las canciones pueden cargar tantas imágenes, porque así son los recuerdos, de aire coloreado, sonidos con formas de manchas que quedan pegadas en la retina… sensación en el estómago de un color que no deja de moverse, siguen corriendo los recuerdos y la hormiga no se decide a seguir más allá del dedo más largo de mi pie.
Una y otra vez, estas cosas en mi mente, la música que trae lugares y son mis viajes en cada viaje. El río Badillo y el César uniéndose y sigo sin reconocerlos, y en el penúltimo viaje me negué a cruzarlos, por pereza y la última vez, era muy fuerte al corriente, tanto que no podía creer que apenas unos meses atrás apenas mojábamos los pies, mientras “Fragoso” cantaba, contando sus días de pescar, de la pequeña casa de bahareque, del tesoro que buscaba su hermano y no encontró. Pequeñas soledades navegando en tripas de pescado que sus manos tiraban al río, el andar tan lento del tiempo cuando él aparecía, montado en su burro, llevando naranjas en la mochila para repartirlas más tarde.
Una de esas mañanas, por un momento desapareció el sonido, no sentía el movimiento, eran invisibles las nubes de arena que se formaban al pasar la camioneta, todo pasó a ser silencio para que no perdiera ese cielo que parecía recortado por la serranía, sus picos nevados, todo mi horizonte limitado por las gramas del potrero, espiguillas extendiéndose para alcanzarlo… árboles aislados y la sierra ahí, inmóvil, algunas nubes, sólo algunas, hasta que regreso y es medio día, frente a mi un plato grande lleno de sopa caliente que no sé bien si seré capaz de tomarla toda.
Esa canción era sólo para Guacochito, sus calles arenosas, los ríos uniéndose, Sol María en silencio…
A lo mejor dices…
que siempre los he tenido pero yo creo que me diste unos ojos.
He sido mirona desde que recuerdo pero se me escapaban cosas y tu me has mostrado, como guiando, llamando mi atención sobre algo, dejando granitos de colores sobre nubes…
Así, creo que aprendí a seguir con la mirada lo que ves al caminar, a encontrar lo que había antes que las palabras empezaran a tener sentido, descubro que hay un pequeño mundo que es de recuerdos que se dejan ver en las calles donde se volvieron recuerdo.
Mis ojos siempre han estado en mis dedos, los que tu me diste ahora ocupan esas cuencas con pestañas en mi cara, se enrojecen y se ponen acuosos cuando los pasos que damos son dentro de tus venas, esos caminos en los que no puedo ver mis manos pero sé que estas ya son parte de las tuyas.
Ya lo había dicho pero… como quiero que me enseñes más de tus lugares para mirarlos como me cuentas y sentirlos como sé.
El cuarto
se llena del olor de las plantas con hongos, se hace tan pequeño, pesa ese aire sobre mi cuerpo y solo quiero quedarme acostada y mirar.
He notado que tenemos receptores sensoriales de adorno, que escuchamos lo que queremos, sólo lo que queremos oír, que transformamos las imágenes cuando dejamos entrar a los recuerdos y hasta los sueños para componer la escena que queremos, la que esconde a la voz desesperada que intenta mostrar un mundo de hormigas que lleva cada gota y célula del cuerpo que ya no quiere llevar puesto.
Hace rato debí haber entendido que no tengo un lugar en este mundo porque no aprendí a ser sino a sentir… Cuantas ganas de apretar el corazón con mis manos sólo para saber que estoy viva hoy y no soy el fantasma que creo ser.
Muchas veces
me quedo pensando si esto ya lo dije un día. Porque es uno de los recuerdos que llega a cualquier hora, a veces viene acompañado de canciones, otras veces el recuerdo trae las canciones.
Los viajes por el Río César, lo digo como si fueran siempre sobre el río y no lo eran, fueron a la vez volar y caer, las caídas tenían lugares favoritos, horas preferidas, los mismos palos atravesaos, algunas veces eran los cordones de los zapatos por no decir sueños alargados. El volar, siempre en mi cabeza que al tener tanto espacio no podía dejar de tomar todo, de pegarme en el estómago la sensación de tener todo sin tener nada y que lo más justo era tirarse sobre el suelo, sin importar si eran hojas secas, arena o pasto y ver las nubes como si en ellas el alma se moviera… Muchas veces esa sensación y las lágrimas saltando, descubrí que siempre quisieron ser lluvia y que mi tristeza les hacía bien, la tristeza y la irritación por la arena viajera.
Entonces, suena esa canción y el recuerdo inicia por donde siempre, una noche ya sin fecha y el profesor que conducía cantando el coro, una compañera hace un comentario, dice que la canción lo hace recordarlo a él y yo pienso más en la canción, en la voz sobre los otros sonidos, aquí vienen las sensaciones, el mareo existencial, todas las marcas en mi piel y las que aún no han querido hacerse pequeñas. Tengo que mirar al cielo para sentir que estoy flotando y que las nubes me llevan… y al terminar la canción la noche vuelve a ser noche de viaje que traerá una mañana hermosa con ese río que aprendí a mirar en mis ratos libres, cuando ya había contado los árboles que tenía que contar.
Ese viaje tuvo muchas despedidas, pero la última en su momento no lo fue, de allí salí con la sensación de un regreso, cantando en mi cabeza cada canción que pasaba, como si este viaje hubiera sido para aprenderlas, no por escucharlas sino por entender de dónde venían…
Como si toda esa brisa revolviera los recuerdos…
Entre un sueño y otro hay un despertar que es un semáforo en verde, una calle sin semáforo o un hueco en la acera. Al llegar a mi destino difícilmente recuerdo como fue el camino. A veces empiezo a soñar antes de llegar al primer árbol de la cuadra, el que ha dejado caer tantas flores que oculta el color del pavimento, entonces mis pasos ocultan el color de sus flores, por segundos… Mis pasos que van dibujando un sueño para mi. Otras veces empiezo soñar después pero sólo logro recordar cuantas cosas tuve que esquivar al pasar por la llantería “la bendición de Dios”.
Algunos días no sueño y voy tan pendiente del camino que lo recorro de memoria mil veces, sin mover ni un transeúnte, ni una patilla de las que están en la pila bajo el pisquín, ahí dónde siempre hay un piropo y un sofá para esperar el bus. Soñando o no, mi ciudad es sólo la que veo cuando camino, la voy armando a mi gusto de tal forma que después de la esquina de las patillas, está la llantería y luego el olor a pan recién hecho y si cruzo la calle, está el atajo para ir al banco, ese callejón donde la brisa siempre está revolviendo las hojas, los cabellos, los pedacitos de suelo.
Me imagino
en un parque, mirando árboles sin hojas en sus ramas, otros con muchas flores, amarillas, pequeñas, o flores sin pétalos con muchos estambres, como una que tengo guardada porque cayó un día mientras pasaba por la esquina.
Me imagino en todos esos parques que veo de lejos, cuando voy en el bus, cuando tomo el atajo para ir al banco o a pagar el teléfono. Me voy al último paseo en Baranoa y camino mientras trato de reconocer cada recuerdo en cada pedacito de espacio que ha cambiado, el cielo muy amplio y las cometas, pequeñas, como el día que corría para hacer volar la mía que no era tan bonita como las que hacía mi hermano.
Están mis pies, los zapatos llenos de arena y mi hermana sonriendo, tenía todas las imágenes de los parques que me gustan pero el nudo en la garganta se hizo nudo en los dedos, ya todo es este cuarto y el sonido de la brisa, esa rama que tanto se mueve y los mangos pequeños que caen.
Una flor marchitándose en el andén
junto a otras que apenas cayeron cuando la brisa se puso a saltar sobre las ramas, apostando con el silencio a ver quien las hace caer más rápido.
Ha perdido casi todas sus hojas ese árbol, parece dibujado con mucha prisa, solo líneas que se bifurcan, raíces que intentan aferrarse al cielo.
El andén cubierto de flores rosadas, los pétalos pisoteados ya son color café, desde el bus las veo y pienso en mis pies acercándose, saltando para esquivar, resbalando… Una flor marchitándose entre mis dedos llenos de arena, recojo más flores y más arena se pega a mis dedos, dejo que caigan otra vez porque el semáforo cambió y el bus debe seguir… cada vez más lejos del árbol, de las flores que caen, las manos sin un grano de arena y la brisa estará esperándome al llegar a casa, para empujarme con fuerza apostando con los cordones de mis zapatos quien me hace caer primero.












